martes, 23 de octubre de 2012

LA DIMENSIÓN PRÁCTICA DE LA LIBERTAD




Podría comenzar diciendo que la libertad es un utopía que nos mantiene con la falsa sensación de ser dueños de nuestras elecciones. Que en realidad no somos libres porque no podemos hacer lo que queremos al estar coartados por un sistema de continua alienación. Incluso que no pensamos lo que queremos por formar parte de una sociedad que “diseña” a sus miembros para el “borreguismo”. Pero no lo voy a decir. Eso se lo dejo a los jóvenes contestatarios de los que un día formé parte, para que continúen dando mil razones por las cuales darnos a entender que la libertad es sólo una quimera, pero ninguna explicación de cómo evitarlo.

Creo que lo más importante cuando se habla de la libertad es diferenciarla del libertinaje, porque muchos argumentan que las personas no son libres al enfrentarse a un sistema de normas, ya sean legales o morales, en virtud de las cuales se nos imponen prohibiciones, límites. No observar estas normas, y no respetar la ley, la moral, o la propia libertad de otras personas es libertinaje. Ahora alguien dirá que si no existieran normas no habría libertinaje. Supongamos que no hay leyes, para no pisotear al prójimo tendríamos que tener una conciencia tan abierta de sociedad, un respeto tan profundo al resto de las personas, que entraríamos en el terreno de la ciencia ficción. Aun así, es esta sociedad… sin leyes, donde todo el mundo respeta a todos, estaríamos basándonos en un sistema moral, en una ética, que les diría a los individuos qué está bien y qué no; de lo contrario la convivencia sería imposible. De nuevo normas. Por tanto, una sociedad sin normas de ninguna clase no es viable.

Si tenemos en cuenta que todas las sociedades de la historia han tenido un sistema de reglas de comportamientos, se nos plantean tres posibilidades: la primera es que nunca, en la historia de la humanidad, las personas han sido libres. La otra, que las normas no tienen nada que ver con la libertad, ya que el ser humano necesita de ellas para convivir. La tercera sería que la libertad tal y como queremos simplemente no existe, es un término acuñado para describir un sentimiento, o más aún: es un término paradójico ya que sin la ausencia de ésta no tendríamos necesidad de serlo, y por tanto de definirlo.

Ahondemos un poco más. Si desde el comienzo de nuestra historia hemos vivido en sociedades donde existían leyes o normas para convivir, es posible que tengamos eso tan interiorizado incluso hasta el punto de no poder vivir sin ellas, que el hecho de pertenecer a una civilización más o menos reglada no tienen nada que ver con la libertad. ¿Qué sería entonces? Tal vez la libertad tenga más que ver con el número de opciones que se pueden elegir. Desde este punto de vista, una persona sería más libre cuanto mayor número de posibilidades tuviera a su disposición. A más opciones, más libertad. Habría que contemplar aquí dos cosas importantes, una que hasta que no soy consciente para decidir por mí mismo no soy libre, por ejemplo un recién nacido al que se le perforan los oídos no es libre en ese momento para decidir eso, o cuando es bautizado, o cuando se le deja el pelo largo etc. Esto puede parecer banal, pero no lo es en los términos en los que estamos hablando. La otra cosa que tenemos que tener en cuenta es que como el número de posibilidades es limitado (porque seguro que lo es), entonces no seremos completamente libres sino en las limitaciones de las opciones entre las que puedo elegir. De nuevo un callejón sin salida. Otra vez el bucle que nos lleva al principio.

La legalidad, la moralidad, la limitación de opciones… la manera de vivir en sociedad, en general, es incompatible con la libertad teórico filosófica. Los pensadores, desde los presocráticos, han intentado postular una libertad que encajara, bien en el pensamiento teórico, bien en la acción pura. De todas las teorías podríamos quedarnos con tres: un determinismo absoluto, que afirma que si la conducta del hombre se haya determinada, no cabe hablar de libertad. El hecho de que la decisión para realizar una conducta sea el efecto de una causa, significaría que tal decisión no es libre, sino condicionada. Por tanto la elección libre sería una ilusión. Frente a éste está el libertarismo absoluto, que dice que ser libre es actuar de la manera que se quiera, en contra o a favor de lo que pudiera ser normal o aceptado. Esto dejaría la decisión fuera de toda causalidad. Por último existe una teoría intermedia, un… determinismo compatible con cierta libertad, en la que se reconoce que la conducta del hombre se encuentra determinada y que dicha determinación, más que impedir la libertad, sería la condición necesaria para ella. Es decir, para que haya opciones de elección, aunque sean limitadas y de las cuales podemos elegir una, es necesaria una causa que las posibilite (explicado a groso modo). Sin causa, no hay opciones y no hay libertad de elección entre las mismas.

No creo en la libertad en su dimensión teórica, que la englobaría sólo en el terrero utópico de las definiciones inútiles como la “paz” el “bien” el “mal” el “comunismo” la “anarquía” el “bien común” y miles de etcéteras. La libertad existe en la dimensión práctica o no existe. Un individuo se consideraría libre desde el punto de vista de la razón (sin la presión del instinto que no creo que tenga el ser humano), sin ser obligado a una elección y teniendo más de una posibilidad (teniendo en cuenta que no elegir podría ser una de esas posibilidades).

¿Es libre el ser humano? Indiscutiblemente sí, si se cumplen los preceptos enunciados anteriormente. ¿Es la limitación de opciones sinónimo de la “no libertad”? No, la limitación de opciones puede venir determinada por un sistema de valores, un sistema legal, un sistema moral, sistemas que la humanidad ha ido adquiriendo a lo largo de la historia y que nosotros elegimos respetar. ¿Es la causalidad una limitación a la libertad? La causalidad propicia las circunstancias que todos los días, a todas horas, nos hacen decidir. Incluso también determinan las opciones que tenemos. ¿Por qué decirnos entonces que no somos libres? Las personas quieren actuar como les dé la gana, en consonancia sólo a sus valores (independientemente de los de los demás), sin consecuencias. Pero incluso ahí estarían limitados por sus valores. Y qué hay de los demás. Hay quién dirá que el límite sería el respeto por los sus congéneres, pues esa también es una coartación clara de dicha libertad. La libertad a la que aspiran los individuos que dicen que no somos libres, es una libertad que no existe en el ámbito práctico, es inalcanzable por imposible, ni siquiera entra dentro de la razón, porque en el momento que diéramos como explicación para no hacer algo, un motivo ajeno a nosotros mismos… ya no estaríamos en esa utopía que tantos persiguen. Y la razón nos lleva una y otra vez a dar razones por las cuales no hacer o hacer determinadas cosas, aunque sea por preservar la vida de nosotros mismos o la de los demás (algo básico en la convivencia).

Tenemos que suponer, por tanto, que si es la razón la que nos da razones por las cuales actuar de una manera u otra, aunque sea en base a preceptos morales, sin razón no hay libertad. Y si es con la razón con la que elegimos entre unas opciones dadas, entonces hacen falta dichas opciones para ser libres. Y si sin elección, aunque sea por omisión de acción, no hay libertad, entonces para ser libres tenemos que elegir.

LIBERTAD: Elegir entre diferentes opciones en base a la razón y sin coacción, teniendo en cuenta que “no elegir” también podría ser una de ellas.


viernes, 5 de octubre de 2012

LA ARROGANCIA DE LA RAZA HUMANA XI. LA ACEPTACIÓN DEL RELATIVISMO MORAL



“Relativismo” y “Moralidad” son dos términos que la humanidad nunca ha terminado de asimilar dentro de la misma frase, puesto que en cada época, en cada momento coyuntural de la historia, cada sociedad ha tenido su propia moralidad, admitiendo cada vez que era la mejor manera de entender la vida y la relación entre las personas, así como la interacción con el “todo”. Y no nos vistamos con la bandera de la aceptación universal, ahora no es distinto. La diferencia (eso sí) está en que en la actualidad, las sociedades interaccionan más activamente unas con otras, y un individuo o grupo de individuos, están afectados por muchas más circunstancias que antes, circunstancias mucho más efímeras, mucho más cambiantes que siglos atrás. Es decir, los factores que “moldean” la moralidad son más, más complejos, menos duraderos y más globales.

Los sofistas y Platón defendieron posturas opuestas respecto a la moral. Los sofistas plantaban la relatividad en la moral al comprobar que estas reglas de moralidad eran diferentes en pueblos distintos, en principio sin contacto alguno. Pero, cuando estos sistemas morales “diferentes” eran agregados a otras sociedades que se supone estaban en contacto, entonces debería ser posible ordenar estos sistemas de peor a mejor. ¿Adivináis cuál era la mejor para ellos? Obviamente no sería la moralidad de otro pueblo. Platón ponía de “vuelta y media” a los sofistas, dialécticamente (eso sí), y proponía que había sólo una única verdad absoluta y verdadera a la cual se llegaría a través de la razón. La moral entraba dentro de estas “verdades absolutas” que se podían encontrar, ya que era inamovible. Todo lo que era cambiante, como la naturaleza y el universo, no permitía un verdadero conocimiento. Lo que se le escapaba a Platón, era que la moral depende de las circunstancias, que son cambiantes; por tanto su propia teoría pondría a la moral fuera del alcance de la verdad absoluta. Volviendo a los sofistas, hay que decir que si se incluye un sistema moral dentro de otra sociedad, como las circunstancias cambian es normal que las reglas morales lo hagan también. Ambos casos, opuestos, nos enseñan que la arrogancia, sobre todo en materia moral (y no olvidemos que la moral es intrínseca al hombre y lo aborda todo), es un error de forma difícil de evitar.

El “relativismos moral” se puede y se tiene que abordar de dos maneras diferentes: una es el hecho en sí de saber que durante la historia, y en la actualidad, las diferentes sociedades o grupos de personas, han tenido maneras distintas de abordar los mismos “problemas” sociales; la otra es desde el punto de vista evolutivo, esto es, si la moral ha ido cambiando desde el principio de los tiempos, es de una lógica aplastante pensar que continuará haciéndolo. Esta última afirmación nos lleva a pensar que “las verdades morales” simplemente, o bien no existen, o bien no están a nuestro alcance. Defenderlas sería limitar la mente, el desarrollo individual y por tanto el colectivo.

La primera vertiente del “relativismo moral” se refiere directamente a una interpretación del movimiento relativista aplicada a la moral (nada nuevo), lo que explica que diferentes sociedades tenga diferentes reglas morales. El problema que plantea esta vertiente, el error que tenemos que evitar o corregir, es pensar que unas reglas son mejores que otras, a la vez que admitimos que son un producto de las circunstancias. Esto es extremadamente difícil si pensamos que hay sociedades donde dichas reglas vulneran algunos de los derechos fundamentales de los seres humanos que conviven en ellas (no voy a poner ejemplos). Pero el hecho de que se defienda el “relativismo moral”, no implica que se defienda la denigración de las personas. La moral debe estar al servicio de la convivencia social, del avance humano, y ser herramienta para la comprensión de los aspectos fundamentales (y preguntas) que son inherentes a la aparición de la raza humana. Pero se podía pensar que unas reglas aceptadas por todos los miembros de una sociedad, denigren o no a sus individuos, serían válidas dentro de este relativismo. Efectivamente podrían serlo, y entrarían dentro del marco del “relativismo moral”; pero viendo la evolución de la humanidad en perspectiva, habría que decir que estos comportamientos no se adaptan a la sociedad actual, y por tanto, sin decir que las otras moralidades o una de las otras son las verdaderas, habría que admitir que este tipo de reglas donde no todos los miembros de la sociedad están al mismo nivel ni son tratadas igual, no pueden estar dentro del mismo plano, lo que nos llevaría a la segunda vertiente del “relativismo moral” (tratado en el siguiente párrafo). Por tanto, lo que hay que aceptar es que una moralidad que tratara a todos sus miembros por igual, al menos en teoría (la “práctica” entra dentro del marco de la individualidad o de la interpretación de unos pocos), pertenezca a la sociedad que sea, podría ser válida.

La otra vertiente del “relativismo moral” se refiere a la aceptación evolutiva del ser humano. Es innegable que hemos avanzando en todos los aspectos. En todos nuestros “presentes” hemos creído que nuestra manera de abordar la convivencia social era la mejor, a pesar de que cada sociedad tenía un “presente” diferente, y morales diferentes. El hecho lógico de cambiar nuestra manera de entender la vida debido a las vicisitudes políticas, sociales, económicas… es prueba suficiente para pensar (por no decir saber) que continuaremos cambiando. Nuestra moralidad será diferente dentro de cien años de lo que lo es ahora. De hecho, nuestra moral está en continuo cambio. ¿Alguna de las anteriores era la mejor? Si es así, ¿estamos equivocados ahora? ¿Acaso es nuestra moralidad actual la mejor de cualquiera de las que se puede tener? Si fuera así no debería cambiar, pero la historia nos dice que sí lo hará. El “relativismo moral” pone de manifiesto que la moralidad está al servicio de las necesidades y que evoluciona con la humanidad, aceptarlo es necesario para no quedar “estancados”. Retomemos el ejemplo de sociedades cuya ética-moral permite la degradación de algunos de sus miembros, o grupo de individuos; no aceptar que su moral no es la única verdadera (o la única y verdadera), o que podrían estar equivocados, ha permitido que en tiempos actuales las relaciones entre sus miembros, y con otras sociedades, se asemeje más a siglos pasados que a lo que pensamos o creemos que debe ser (o debe DE ser) una sociedad adecuada. Esto sería un ejemplo de “absolutismo moral” en la actualidad. Un estancamiento de la moral, detiene la evolución como sociedad.

Vamos a dar un paso más. La suma de las moralidades individuales da lugar a una moral social diferente a cada una de las individuales, y la suma de éstas define nuestra moralidad como especie que es diferente a cada una de las moralidades sociales. Como especie racional, que somos capaces de hacernos preguntas sobre nosotros mismos, y que adecuamos las normas a la convivencia y viceversa, tenemos una moral, la “moral humana”. Y como especie, también cometemos los mismos errores respecto a ella. Formamos parte de un universo que se nos antoja infinito, por propia definición también son infinitas, por tanto, las probabilidades de que no seamos la única especie inteligente. Desde que se han tenido los medios técnicos suficientes (o tal vez incluso antes) intentamos encontrar una prueba que nos diga que realmente no estamos solos. Creemos que inteligencia y moral tal y como nosotros la concebimos van unidas, craso error, aunque típico en nuestra arrogancia. En primer lugar y más importante, es que la moral sólo son un conjunto de normas que nosotros, aislados aquí en nuestra pequeña isla cósmica, hemos desarrollado. Podríamos pensar que el simple hecho de vivir en sociedad hacen necesarias este tipo de normas, muy bien, demos esto por cierto (aunque es discutible). De dónde sacamos que una sociedad inteligente a miles de millones de años luz de nosotros tengan las mismas reglas o… parecidas. La moral se basa en la concepción del bien y el mal, conceptos que nosotros mismos hemos definido (en la mayoría de los casos con base religiosa). Es decir, ni siquiera sabemos que nuestra concepción del bien y el mal sea la correcta en el desarrollo lógico del universo, es más, ni siquiera sabemos si el bien y el mal existen en realidad, y en base a eso hemos desarrollado una “moral humana”… ¿y queremos creer que las distintas especies que pudiera haber en el universo comparten esa visión con nosotros? Eso sí que es arrogancia. El más mínimo detalle diferente en la evolución de esa especie, si es que tuvo evolución tal y como nosotros la concebimos, diferencias en la concepción de la vida, del universo, un conocimiento más profundo de la existencia (si es que lo tuvieran más que nosotros)… haría que sus reglas (si es que tienen) sean diferentes. Creer mínimamente que todo el universo tenga una moral parecida a la nuestra es ilusorio a la par que arrogante.

Estamos limitados por todo lo que tenemos en derredor, por nuestra capacidad de comprensión, por lo inmenso que se nos presenta el universo. Estamos limitados por nuestras creencias, incluso por nuestras propias normas. Si hay una moral universal, entonces la nuestra está en pañales. Y exista o no esa “moral universal”, nosotros como especie tenemos que contemplar la “relatividad moral”, tenemos que ampliar nuestra visión simplemente para admitir que podríamos estar equivocados, que nuestra moral no es la única y verdadera, que la sociedad vecina puede tener unas normas morales diferentes igual de válidas. Hay que darse cuenta de que la evolución implica cambio, en todos los aspectos, y que la moral también cambia.

Pensad que si el “absolutismo moral” puede detener la evolución de una sociedad, también puede detener la evolución como especie.





ENRIQUE CABRERA

sábado, 15 de septiembre de 2012

LA ARROGANCIA DE LA RAZA HUMANA X. LA COMPRENSIÓN DEL INFINITO.



 Durante este último tiempo, en “La arrogancia de la raza humana”, nos hemos centrado en comportamientos, más o menos concretos, que a lo largo de la historia han adoptado las diferentes sociedades, que demuestran el nivel de arrogancia entre ellas. Pero este comportamiento no surge sin más. Hay aspectos mucho más generalizados, más globales, que afectan, o han influido, a todas las sociedades del momento coyuntural. Y estos conceptos que agrupan a toda la humanidad provienen de tres campos importantísimos para el desarrollo de la sociedad global tal y como la conocemos ahora. Hablo, claro está, de la ciencia, la filosofía y la religión.

La humanidad ha dado muestras de su arrogancia desde el principio de los tiempos en todos los campos. Y en algunas materias hasta hace relativamente poco. En religión se ha dicho que el hombre es el centro de la creación de Dios. En ciencia fue toda una odisea desmentir el hecho de que nosotros fuéramos el centro de universo. Mucho más cerca en el tiempo, en filosofía, Kant tomó el egocentrismo por bandera al afirmar que el hombre era un fin en sí mismo y no un medio (teoría que puede o no ser aceptada).

En primer lugar no podemos pasar por alto que religión ciencia y filosofía han estado unidas demasiado tiempo, más del que debieran. No es extraño teniendo en cuenta el escaso nivel de conocimiento acerca de todo cuanto nos rodeaba. De ahí, por ejemplo, que si el hombre era el centro de la creación, sería “normal” pensar que nuestro mundo fuera el centro del universo (normal). Pero no es este el tema que nos compete; es el hecho de que pensáramos en algún momento que ciertamente éramos el centro de algo, incluso de nosotros mismos.

Lo primero que se percibe cuando somos conscientes ya, o si no lo primero, lo más importante, es la ubicación que tenemos dentro del todo. A partir de ahí, más adelante, nos haremos las preguntas correspondientes: qué hago ahí, y por qué ahí y no en otro lugar. Pero primero es la ubicación. Al igual que un niño, la humanidad también ha pasado por esa fase, pero nos costó demasiado salir, y eso ha dejado secuelas. El primer valiente que intentó refutar la teoría geocéntrica del universo, que situaba nuestro planeta en el centro del mismo, fue, o eso parece, Aristarco de Samos (310 a.C. 230 a.C.), proponiendo el modelo heliocéntrico del Sistema Solar, donde el sol, y no la tierra, estaría en el centro. Pero no fue hasta unos mil setecientos años más tarde cuando esta teoría fue una alternativa consistente. Nicolás Copérnico (1473-1543). Aún así, este modelo ubicaba el centro del universo cerca del sol, es decir, en nuestro sistema solar.

5.000 años pensando que éramos el centro del universo, genera un concepto equivocado de nosotros mismos como especie, multiplica el ego al pensar que, de alguna manera, todo lo que está alrededor de nosotros, está para nosotros, o al menos, que somos el punto más importante de “la creación”. Ciencia, filosofía, religión… han “conspirado” haciéndonos creer que éramos lo más importante del universo, lo más importante de una supuesta creación, y que nuestro raciocinio está por encima de todo, incluso hasta llegar el punto de afirmar que el centro del universo no es la tierra, sino el hombre. He aquí nuestra herencia que, queramos o no, está en el subconsciente colectivo.

Ahora sabemos que el universo es “infinito”, y si no lo es, es extremadamente inmenso y se califica como tal. Pero para nosotros “infinito” es sólo una palabra, a lo sumo una idea; ¿somos capaces de entenderlo? ¿Somos conscientes de que pertenecer a algo infinito es acercarse a ser “nada”?

Tenemos una visión limitada del universo; de hecho, tenemos una visión limitada de todo cuantos nos rodea. No sólo nos ocurre con el espacio (infinito), sino con el tiempo (eterno), porque no podemos llegar a comprender algo eterno desde nuestro vagar limitado en el tiempo, ni podemos entender el infinito, desarrollando nuestra vida en un lugar con límites perfectamente marcados, por no hablar de nuestro propio cuerpo. Esa visión extremadamente reducida de todo en derredor es un obstáculo, no para saber que el universo es infinito, sino para comprender el concepto y lo que eso significa para nosotros. Formar parte de algo infinito implica no significar nada para el conjunto, nuestra importancia queda reducida a la mínima expresión (si es que tuviéramos alguna), se abren infinitas posibilidades de lo que pudiera haber allí donde no conseguimos ver, e infinitas probabilidades de lo que nos pueda suceder en cualquier momento; si somos una grano de arena en una playa inmensa, nos cuestionamos si no es sólo cuestión de una suerte infinita (como todo en el universo), que nuestro trozo de cosmos haya venido a parar precisamente a esta posición sin la cual la vida como nosotros la conocemos, no existiría. La vida… eso que definía nuestro planeta, puede que tampoco sea exclusivo, y siendo así, puede que el raciocinio no tenga patente humana, y si eso es cierto, es posible que estemos equivocados en nuestros planteamientos (aunque eso lo trataremos en el siguiente artículo).

El universo. Su grandeza, nuestra posición dentro de él, es la prueba palpable de nuestra arrogancia más primitiva, más arraigada; porque siendo la humildad lo único que puede transmitir el hecho de mirar al cielo una noche estrellada, seguimos (por poner un ejemplo), tratando el planeta como si fuera nuestro. Esta falta de humildad, consciente o no, es una barrera para la comprensión real de nuestro lugar (no sólo físico) en el cosmos, y de cómo tendríamos de interactuar con él. Y más aún; esta posición relativa con el resto del universo, también debería reflejarse en nuestra forma de ver las sociedades o las interacciones entre las mismas. Comprender lo fantástico, lo inmenso, lo incalculable que es aquello que tenemos fuera de nuestro planeta, “el lugar infinito” donde permanecemos suspendidos, debe hacernos tener perspectiva de lo más cercano, limitado, pequeño y “cotidiano”. Si se intenta comprender el universo partiendo de, o buscando la “partícula” más pequeña, es porque hay una conexión clara entre ésta y el todo. Igualmente, ese cosmos que se nos antoja insondable se refleja en el diminuto “universo” donde vivimos, que es el planeta tierra.

Dejemos por tanto de pensar que, de alguna manera, en alguna situación, o respecto a alguien o algunos, somos indispensables o el centro, o que nuestra manera de ver las cosas es la única y verdadera, y comencemos a hablar de posibilidades y probabilidades. Las teorías filosóficas, cada una de ellas, es una alternativa, cada sistema político una alternativa, cada religión… todo son alternativas. La arrogancia de una sociedad al pensar que su estilo de vida es el mejor, es la misma que pensar que somos el centro del universo, y que además, ese hecho tiene un motivo que nos atañe. Igual que la ciencia sigue investigando sin descartar posibilidades, las distintas culturas, creencias, tendencias, sociedades en general, deberían hacer lo mismo, porque se da un paso atrás, o no se avanza, no cuando se tiene una creencia por verdadera, sino cuando se actúa en consecuencia contra otros. No cuando creemos que nuestro sistema político es el correcto, sino cuando a la fuerza se intenta que otros lo adopten.

Es posible que en el universo no encontremos la respuesta a por qué estamos aquí, ni cuál es el mejor sistema social, o cuál es la religión verdadera; pero su propia existencia, su magnitud, su cualidad de “infinito”, debería proporcionarnos la perspectiva suficiente para darnos cuenta de que, en todos los aspectos, tenemos que seguir sopesando posibilidades y probabilidades, y de que en realidad no somos lo suficientemente importantes como para imponernos a nadie ni nada. Porque somos parte del universo, pero nos estamos comportando como si realmente girara todo a nuestro alrededor.


domingo, 26 de agosto de 2012

LA ARROGANCIA DE LA RAZA HUMANA IX. EL ERROR DE LA ESPIRITUALIDAD.


Espiritualidad es un concepto complejo en tanto y en cuanto puede variar notablemente dependiendo de tradiciones, visiones filosóficas, doctrinas etc. En un concepto amplio del significado, la definición sería “la condición de espiritual”. Si nos aventuramos al campo más personal, podríamos hablar de una disposición a investigar o desarrollar las características de su espíritu (aplicando un conjunto de creencias y actitudes), cuyo fin sería experimentar estados de bienestar.

Probablemente cualquier persona que tenga una creencia religiosa entienda la explicación que acabamos de dar. Pero hay que hacer un esfuerzo para ver la espiritualidad fuera del contexto religioso, ya que no es una condición exclusiva de las religiones. Por eso vamos a intentar dar otro concepto o idea, diciendo que la espiritualidad es el sentir generalizado de que existe una “parte diferente” de nosotros mismos, una parte de la que no tenemos un conocimiento empírico, pero que tiene una razón de ser.

Así, la manera en la que cada persona, cada religión, creencia, doctrina, etc. intente llegar a esa parte de cada uno… es indiferente. Lo que realmente importa, y lo que hace que la espiritualidad no sea un monopolio de unos pocos, o unos muchos, es su carácter universal. O, siendo más exacto y riguroso; el carácter universal que nosotros le damos.

Sea como sea nuestro concepto de espiritualidad, es innegable que tenemos la sensación de que ese pedacito de cada persona, que no podríamos calificar de físico, de alguna manera entra en consonancia o interactúa con el resto de las “cosas” que nos rodean. Ese “espíritu” “alma” “esencia” “energía” “chispa vital”… como sea que las diferentes creencias han querido o quieren llamarlo, parece pertenece a algo “superior” (no superior como característica, sino como idea). Ese es el punto donde las diferentes formas de ver la espiritualidad convergen. Por tanto tiene un doble carácter universal. Por un lado, es universal porque es el nexo de unión; por otro, es universal porque abarcamos o intentamos abarcarlo todo. El universo entero.

Todas las creencias, religiosas o no, coinciden en que se evoluciona o se debería evolucionar hacia una espiritualidad tal, que cambiara el rumbo del mundo para mejor. Hay quien piensa que ese lento proceso ha comenzado. En realidad esto sólo nos sirve para ilustrar un ejemplo. Las religiones afirman que el Dios que sea, de la manera que sea, creó el universo. Algunas creencias, sin calificarse religiosas al no profesar ninguna, sí que mantienen la idea de un Dios, o una fuente vital que creó o fue precursor del universo. Otros puntos de vista dejan al margen a Dios, pero afirman que todo en el universo está conectado y tiene una finalidad. Véase cómo, de una manera u otra, lo que nosotros entendemos por espiritualidad, se hace extensible a todo el universo. Y ese es el error.

Tal vez sea inevitable esa visión cósmica de la espiritualidad. Tal vez sea porque el universo nos parece ten insondable como nuestro propio espíritu. Tal vez sea porque ciencia, magia y religión, estuvieron unidas desde el principio de los tiempos hasta hace menos de lo que pensamos. O tal vez sea… que ciertamente es así. Pero aunque esa parte de nosotros mismos que no podemos definir pertenezca o tenga que ver, de una forma u otra, al cosmos… ¿Por qué todo el universo debe ser igual? ¿Por qué la visión de evolución espiritual que tenemos nosotros es la correcta? ¿Por qué pensamos que es así como evoluciona la totalidad de lo existente? Las visiones espirituales no contemplan la posibilidad de que otros seres que pudieran habitar el vasto universo piensen de manera diferente en relación a este tema. Y si así fuera, obviamente, estarían equivocados.

Cometemos un error al creer que la dirección correcta de la vida en el universo es la nuestra. Es decir, que nuestra concepción del desarrollo espiritual para llegar a la plenitud como especie, y continuar evolucionando, sea extensible a todo el universo. Por eso dijimos antes que la espiritualidad tiene el carácter universal que nosotros le damos”. Como en otras muchas cosas, no somos capaces de entender que no tenemos la experiencia ni el conocimiento suficientes, como para afirmar que nuestra manera de ver la existencia es la única y correcta. Que nosotros, en todos los sentidos, en el espiritual también, somos insignificantes frente al universo en el que estamos suspendidos. Y si nuestra espiritualidad no fuera insignificante porque fuéramos los únicos seres vivos “inteligentes” en todo el universo… entonces todo sería un cuento más.

Somos arrogantes si pensamos que estamos solos en el universo. Y somos arrogantes si pensamos que nuestra visión de la espiritualidad y su desarrollo son únicos y sin posibilidad de error. Pongamos un ejemplo, y lo haré con la religión católica por cercanía. Por favor, que nadie se ofenda (es extensible a cualquier religión). Si Dios es único y creó el universo, todos las criaturas inteligentes que lo componen, o al menos la gran mayoría (como pasa en este planeta), serían cristianos. O, ya que cristiano alude a Cristo, adorarían al mismo dios que los cristianos en la Tierra. Es decir, que todos los mensajes que nos hizo llegar Dios a nosotros, de alguna manera… en algún momento de la evolución de toda especie inteligente en el universo, deben o deberían o ya han sido recibidos también. ¿No? Si no, ¿por qué o para qué va a hacer Dios un universo tan extenso si sólo estamos nosotros en él?


No me quiero despedir sin antes poner de manifiesto un hecho que me resulta interesante:
Es curioso que se piense que la evolución espiritual tenga que converger en un punto para todos los seres que pudieran habitar el universo, máxime cuando existe una teoría que también contraería el universo material hasta concentrarlo en un punto. Espiritualidad y ciencia de nuevo de la mano.