viernes, 18 de mayo de 2012

LOS PERSONAJES DE "LA MUSA. NOVELA DE UNA OBSESIÓN". HARRY

Harry es un escritor de mediana edad, prolífero pero con poco éxito. Se deja llevar por los devenires de la vida sin oponer demasiada resistencia, aunque esperando una oportunidad. Es desordenado pero reflexivo, y apasionado hasta el punto de la obsesión. Cualidades que serán la base para comprender su comportamiento tras la muerte de su editor y conocer a Sandra (La detective).
Es un hombre reservado respecto a su vida privada y su pasado; moralmente sincero hasta el punto de ser hiriente, y muy crítico con la sociedad que le rodea, la misma que lo lleva a la fama gracias a los asesinatos que ocurren tras cada publicación; hecho que no le impide continuar editando sus obras, y, lo que realmente desea, seguir viendo a Sandra.
Este comportamiento que atiende a su visión de la moral y la ética, reprochable por todos, paradójicamente es el que le sirve al autor de partida para atacar a la sociedad, techándola de hipócrita y moralmente corrupta, pues si ellos no compraran sus libros, él no continuaría escribiendo, y los asesinatos… tal vez cesaran.
Este círculo vicioso y simbiosis entre el autor, el asesino y el público, es uno de los pilares de la novela y la base de las reflexiones de Harry, que capítulo tras capítulo aborda un tema moral, criticando sistemáticamente a la sociedad a la que pertenece.
Si bien el comportamiento ético-moral es fundamental en el desarrollo de la novela, el eje central es Sandra, la detective que investiga los asesinatos. La coincidencia de que sea lectora de Harry, antes de ser famoso. Que quedara completamente cautivado por su “aura”, convirtiéndose en  una fuente inagotable de inspiración. Junto con el éxito. Hace que el escritor tenga una visión distorsionada de la realidad, dejando en un segundo plano los asesinatos, y creyendo que sin Sandra su obra no habría tenido ningún sentido. Esto lo lleva a una espiral obsesiva que conduce inexorablemente hasta la detective. Se mezclan aquí sentimientos como el deseo, el miedo, la fascinación, la ofuscación… vistos desde la perspectiva de Harry.

ENRIQUE CABRERA

lunes, 7 de mayo de 2012

DE LITERATURA Y LITERATOS (III). ESCRITORES Y CATEGORÍAS


Es posible que las categorías sean necesarias en determinados casos para seguir o tener un orden. Y es seguro que las personas gusten de distinguirlas, sobre todo si están en los “escalones” superiores. Pero hay ámbitos donde las categorías (clases, rangos, niveles etc.) son innecesarias por la “inutilidad de trato”, y por no ajustarse a la realidad.

En “De literatura y literatos” no podíamos dejar de hablar de esas… categorías con las que a veces se intenta encuadrar, o definir, a un autor. Por lo general, estos “calificativos” suelen provenir de otros colegas o editoriales.

La más usada, y la vez la que demuestra un menor conocimiento de la persona a la que se le endilga, es la de escritor novel. Sí, amigos del me gusta marcar las diferencias, el adjetivo “novel” es el más utilizado cuando se quiere hacer referencia a un autor que ha publicado por primera vez. Claro, es que en la Real Academia Española dice claramente: “Que comienza a practicar una profesión, o tiene poca experiencia…” Y debe de ser por pura semántica al motivo por lo que se hace tal distinción. Y por si no queda claro, para diferenciar aun más a estos escritores de los que ya han publicado varias obras, se emplea el término “consagrado” para estos últimos.

Y porque sé que sólo es una cuestión de significado; que las editoriales no nos quieren clasificar; ni nuestros colegas diferenciar del resto (y de paso de ellos mismos)… me asaltan las dudas, y yo asalto a nuestra queridísima R.A.E. (y a la semántica). Pues resulta, y dejo constancia para que se tome nota, que consagrar es: Conferir a alguien o algo fama o preeminencia en determinado ámbito o actividad. ¡Vaya! Aquí no dice nada del mero hecho de publicar. Haberlos… “haylos” (consagrados digo), pero no tantos como se creen. Y por cierto, la definición de novel también dice: Que comienza a practicar un arte.

Así que, resuelta mi duda sin “dudar” de las casas editoriales ni los colegas, dios me libre, puedo decir, semántica en mano, que ni hay tantos escritores noveles ni mucho menos tantos consagrados. Y que no hace falta publicar para dejar de ser “escritor novel”, pero no es suficiente hacerlo para ser un escritor consagrado (con fama o preeminente), por muchas novelas que se tengan editadas.

Espero no haber dejado sin identidad a nadie ahora que ha quedado claro que no son todos los que están (o no somos todos los que estamos). Siempre habrá escritores mejores que otros, es innegable, pero en el fondo todos somos creadores de entretenimiento, ¿y a quién se entretiene primero sino a aquellos que tenemos cerca? Así que todos somos “escritores de andar por casa”. El día que no seamos eso, “consagrados” o no, habremos dejado atrás lo más importante de ser escritor.


            ENRIQUE CABRERA

domingo, 22 de abril de 2012

LA ARROGANCIA DE LA RAZA HUMANA IV: EL ARMA INTANGIBLE DE LA RELIGIÓN


No existe ni  ha existido sociedad alguna sin política o religión. Eso ya nos tendría que hacer pensar cuán importante  es creer en algo para el ser humano.  Es esa necesidad inherente a la humanidad la que convierte a la religión, gracias a nuestro consentimiento inconsciente, en el sistema más dictatorial y totalitario que existe. Regulando desde la forma de pensar, hasta la manera de actuar. Y es, sin ningún tipo de dudas, el método más efectivo para conseguir un adoctrinamiento pleno e irracional: el instrumento más eficaz que tiene la raza humana para conseguir sus fines u ocultarlos. Y no hay, ni habrá, arrogancia tan brutal, sinsentido, ciega y radical, como de la que se hace gala blandiendo los “argumentos” que una religión otorga. Porque, si bien afirmábamos que la ideología era el arma más poderosa que una persona puede esgrimir, hay que decir que la religión no es sino una ideología apoyada en la mera creencia. Y no hay nada más destructivo que la creencia firme e incondicional en algo que no se puede demostrar, porque tampoco se pueden aportar pruebas en contra. Nada hay contra la Fe.

La presencia religiosa en las diferentes sociedades a lo largo de la historia ha sido variada, dándole más o menos importancia en función del estatus otorgado por los miembros de la misma. De esta manera  puede estar unida íntimamente con la política, meramente apoyada y consentida, completamente separada, o consignando un estado político-religioso; un modelo que nunca ha dado buen resultado.

Es difícil discernir si fueron primero los gobiernos los que se sometieron ante las creencias religiosas, o fue ésta la que impunemente entró a manipular al estado (sea cual fuere). Lo  indiscutible es que siendo un medio tan eficiente para manejar a una comunidad, era cuestión de tiempo que se fundiera con la política, independiente de qué fuera primero, si el huevo o la gallina, puesto que todos ganan (entendiéndose como todos, aquellas minorías que dijimos que adoctrinaban a las sociedades).

Habría que reflexionar sobre cómo es posible que una creencia genere tanto poder y sea tan peligrosa. La religión es la única “necesidad intangible no inculcada”. Es decir: el ser humano tiene la necesidad de creer en algo, y dicha necesidad no es el producto de una campaña ni conspiración orientada a tal fin, sino inherente. Nacemos con una carencia de valores morales que históricamente ha sido atendida por las religiones de turno, sin ningún tipo de resistencia. Pero no es una ideología más, pues ofrece aquello que ninguna otra puede, la esperanza de la inmortalidad, y explicación para lo desconocido. Es indiscutible que la aflicción que siente el ser humano ante algo tan sobrecogedor como la muerte, y tan desalentador como lo inexplicable, lo hace “presa” fácil. Pero además las religiones tienen con dos componentes con los que no cuentan otras ideologías: el miedo por la condenación, y la Fe: su arma más poderosa y destructiva.

Visto de esta manera casi no se puede culpar a los individuos de una sociedad de ser manejados como peleles. Ya que se nace sin moral ni ética, en un entorno con unas normas de comportamiento social marcadas, y es la religión centenaria aceptada por todos, la que se ocupa de enseñarte e integrarte en la comunidad, dándote unos valores, respuesta a aquello que se desconoce y ofreciéndote la inmortalidad. A cambio hay que seguir unas reglas de obligado cumplimiento so pena de la eterna condenación y el castigo de los dioses… si una sociedad entera lo acepta, no puede ser mentira. La consecuencia de esto es la interiorización más irracional y aprehendida a la que se pueda enfrentar un ser humano, dando lugar, claro está, no sólo a ignorar al resto de creencias, sino a dar por verdadera, única, cierta e indiscutible la de uno mismo; Fe, irracionalidad, auto-convencimiento absoluto y radical. Si dios está de mi parte, ¿quién va a estar en contra? ¿Quién osaría a estarlo? Sólo infieles, blasfemos, brujas, bárbaros, salvajes o cosas peores. Más tarde llegaron librepensadores, científicos etc.

Solo yo tengo razón, sólo lo que yo creo es “irrefutable a la luz de la falta de pruebas”, lo que tú crees no (aunque de igual forma carece de pruebas a la vez que es irrefutable para ti), y por eso mereces morir. O ser convertido. O despojado de tus tierras. O  esclavizado. ¡Matémonos unos a otros en nombre de dios! Porque sólo mi creencia es la verdadera. La Fe: arrogancia en estado puro, duro… y radical.

Ya sé. Muchos pensarán que eso es cosa de la edad media; de analfabetos e incultos manejados por el ansia de poder y riquezas de unos pocos. Esta vez no voy a intentar demostrar que sigue ocurriendo, por respeto a las creencias religiosas, y por si ofendo (sin querer) a alguien; pero recordad: “No hay sociedad en el mundo sin una religión.” ¿Y qué ocurriría si la mayoría de los sistemas políticos fueran también religiosos? Que tendríamos que “rezar” para no cometer los errores del pasado, errores que ya se comente en la actualidad. Las religiones han cambiado obligadas por las sociedades en su progreso, ¿qué pasaría si no hubieran tenido esa necesidad?

No hay arrogancia mayor que la que la Fe confiere, ni con mayor peligro; pues es capaz de alejar a un hombre de lo que predica. Aunque sea una paradoja, no se persigue, mata y somete en nombre de un dios, sino porque las “otras creencias no son las verdaderas”.



 
ENRIQUE CABRERA

jueves, 29 de marzo de 2012

LA ARROGANCIA DE LA RAZA HUMANA (III). LOS SISTEMAS POLÍTICOS Y EL BIEN COMÚN.


La ideología es el arma más poderosa que cualquier ser humano pueda esgrimir. Pero para que sea realmente eficaz, es necesario crear una necesidad, o lo que suele dar más resultado, una expectativa o una promesa de “mejorar”.

Dijimos en el artículo anterior de esta serie, que para lograr que una sociedad al completo creyera firmemente que su visión de la moral, la convivencia, el desarrollo, y demás aspectos que determinan su comunidad, son los verdaderos únicos y ciertos, era necesario un adoctrinamiento. Un control social, que en la mayoría de los casos era llevado a cabo por una minoría. Pero son imprescindibles para llevar a cabo este poder, dos aspectos. Primero, unas herramientas ideológicas; segundo, creer firmemente en lo que se pretende conseguir. Y de entre todas esas “herramientas”, cabe destacar dos. La política, y la religión. Juntas, o por separado, han demostrado a lo largo de la historia que no hay mayor y mejor instrumento de adoctrinamiento, control, y poder. Llegando a niveles tales que racionalmente sería imposible imaginar, si no fuera porque los hechos nos han confirmado, y confirman, lo contrario. Por poner un ejemplo relativamente reciente, hubo muchísimas personas que pasaron décadas en campos de trabajo en Siberia, encerrados por el régimen de Stalin, que a pesar de todo, continuaban defendiéndolo.

El término “política”, fue utilizado ampliamente a partir del siglo V a.C., en especial por Aristóteles, que nos veía como “animales políticos”. Se podría definir la política, resumiéndolo mucho, como la actividad que tiene por objeto dirigir las acciones de una sociedad en su beneficio. El proceso orientado ideológicamente hacia la toma de decisiones para la consecución de los objetivos de un grupo. Y es ahí, en la propia definición, donde está el germen. Los gobiernos tienen como misión principal preservar el “bien común”. Y ¿quién decide qué es lo mejor para una sociedad? Y lo más difícil, ¿cómo consigue que los miembros de dicha sociedad piensen lo mismo?

 Desde el Neolítico hasta nuestros días hemos desarrollado sistemas políticos por doquier. Y todos ellos, en mayor o menor medida, han tenido su aceptación. Sólo ahora vemos impensables términos como absolutismo, despotismo ilustrado y un largo etc. Y todos tienen una cosa en común, siempre se ha pensado que era el mejor sistema. Mejor que los anteriores, mejor que cualquiera posterior, y por supuesto, mejor que el de cualquier otra sociedad contemporánea. Y esa idea, que parte de unos pocos, tiene que ser compartida y aceptada a pies juntillas por el resto de los componentes del colectivo. Interiorizada, y defendida. Los factores que influyen para que esto sea posible son muy diversos, los más importantes serían tres. El nivel cultural de los individuos que deben ser adoctrinados, la coyuntura, y la convicción del (o los) gobernante(s).

Nivel cultural. La diferencia cultural entre gobernantes y gobernados, es fundamental para lograr no solo un sometimiento absoluto, sino para inculcar las ideas convenidas. Tanto es así, que mantener al pueblo “ignorante” ha sido la base para algunos de los sistemas políticos más famosos de la historia. A medida que las sociedades iban adquiriendo nivel cultural, el adoctrinamiento resultaba más difícil. Pero también es cierto que, en sociedades más avanzadas culturalmente, las ideas implantadas son más difíciles de erradicar.

El momento coyuntural. Es este un factor determinante que compensaría el “contratiempo” que supone que los individuos sean menos ignorantes. Porque qué hay más motivador que darle al pueblo algo por lo que “luchar”. Por ejemplo, épocas de crisis han sido caldo de cultivo de algunos sistemas políticos para olvidar, por ejemplo el nacionalsocialismo, más conocido como nazismo.

La convicción ideológica. Es sin duda el factor más importante. Una persona que no sólo crea firmemente que sus ideales políticos sean los más adecuados y perfectos. Sino que sea capaz de manipular el momento coyuntural, apoyándose en los estratos culturales de la sociedad, para que su punto de vista parezca, sencillamente, la única opción posible. Llegados a este punto, sería esta persona la que diría qué es lo mejor para la sociedad, manipulando a su favor todos los factores confluyentes en ese momento concreto.

Pero ¿qué es lo que hace que una sociedad se deje manipular tamaña manera por una idea política? Sin entrar a comentar el peso de los siglos, existen otras circunstancias a tener en cuenta: por ejemplo la necesidad, el desamparo, la desesperación, una crisis profunda etc. Tampoco podemos dejar de lado nuestra historia antigua y no tanto, donde los dirigentes (llamémosles reyes, emperadores etc.), veían cómo las sociedades les otorgaban explícitamente facultades y cualidades divinas.

De una manera u otra, preservar el “bien común” requiere de un sistema político, y de una persona o personas que lo pongan en práctica. Muchos de estos sistemas son una prueba más de la arrogancia de la raza humana, que no ve más allá de sus propias ideas. Cuando en el empeño por “proteger” a una sociedad, se entiende que sólo tus propias ideas son las idóneas, si se tienen los medios necesarios, se estrangula el derecho de elección, cercenando las libertades en pos del “bien común”. Lo que nos lleva a términos como represión, sublevación, guerra civil etc. En la otra cara está el total adoctrinamiento, que lleva a otras expresiones como invasión, guerra, sometimiento, exterminio… y todos los nombres de los diferentes sistemas políticos. Porque tal vez podamos pensar (como todos los dictadores y déspotas antes) que nuestra forma de gobierno es la mejor… pero se nos olvida que la historia nos dice que todos los sistemas políticos desaparecen tarde o temprano. ¿No podría ser que el siguiente fuera mejor que éste?

Probablemente Platón no tuviera razón con su obra “La República” respecto a la organización del estado, pero era sólo una idea. Eso es lo que tendríamos que pensar; que los sistemas de gobierno son una idea llevada a la práctica, y que se puede mejorar. Que no estamos en el último escalón, sino en “un” escalón. Y hay que seguir subiendo.



ENRIQUE CABRERA